Crímenes en Barcelona

Una cinta en el cabello. Palmas de las manos sucias. Legins negros, una pashmina en la cintura. Un par de piernas rumbo a la estación del metro. Un morral a la espalda y una maleta de ruedas entre manos. Las expectativas vacías. De nuevo haciendo inventarios. 

Mi hospedaje de tres noches.
¿No serás escritora de cartas profesionales? me soltó el hombre que prometía esperarme en el Starbucks de Paseo de Gracia con Rosellón. Es la impresión que le dejaban las notas de voz que entre la formalidad y la manía de perderme entre acentos, le había enviado. 

Barcelona me soltaba unas lánguidas gotas de lluvia de octubre, del 13 de octubre para ser precisos. Primero hasta la estación Collblanc y luego hasta la estación Diagonal. El primer tramo que tomé, me había dejado claustrofóbica y desubicada. Una línea después, ahí estaba Barcelona, lejos de El Prat: como si me estuviera esperando, desenrollando la alfombra de agua, adivinando que mis días favoritos, son precisamente los que abren el cielo para bautizarnos a todos por igual. Ahí estaba yo, deslumbrada, como cuando a los siete años me pareció ver al niño Dios entrar a la casa y dejarme una muñeca exactamente como me la había imaginado.

Me deslumbraba la distancia, que el día hubiera llegado, que el tiempo hubiera pasado y que al fin, el plan estaba rodando. Me deslumbraba la idea de mirarme, sola, de pie, en la calle Rosellón. Llegar allí sin procesarlo mucho pero anhelarlo por un par de años y con mayor intensidad los últimos meses.
Los hombres de las mujeres mientras ellas compran.

Yo soy nómada a propósito, me descubro a menudo por nuevas creencias, verdades, amores y aunque poco puedo, lugares. A veces pienso que Ana llegó a mi vida para que no saliera disparada hacia el espacio, para que no me perdiera e implotara en la habilidad que con los años adquirí de "soltarlo todo y largarme", como lo dice Silvio Rodríguez. Llegó para mostrarme que hay que entregarse a la fantasía y la pasión pero con ciertos elementos de seguridad para no ser arrastrados hasta la locura en donde luego no haya retorno. Ana es mi polo a tierra. Pero mi polo ahora iba canturreando en un pedacito del pecho, se había quedado a ocho mil kilómetros de mí.  

Con soltura hallé el punto de encuentro con mi couch, era la primera vez que me hospedaba por couchsurfing. ¿Cómo vienes vestido?.

De marinero con un flotador naranja.
Es broma.

¿Qué vamos a decir?. Fui feliz. Parque Guell.
Yo que quisiera vivir como en una puesta diaria en escena, disfruté la tan pintoresca e inverosímil que me pintaba Alex; y luego de verle allí con tanta generosidad esperando por mí, no tuve duda de que había acertado en todas las elecciones que hice para la primera estación de mi andanza.

Colombia, Pablo Escobar (tema obligado a donde llegaba y reconozco que no me incomoda tocarlo, es una cara de mi país, yo me encargué de contar las otras caras), optimización de rutas para los días venideros y algo de vino y queso. Me la pasé tan bien esa primera noche, que fluí en un jetlag inexistente de un miércoles y un jueves contraídos en un solo día que apenas si noté.

Parque Guell.
A un rostro más claro de Barcelona le salí al encuentro el día siguiente. Los nubarrones habían sido un espejismo, ahora en cambio y como para que no extrañara mucho la tierra, se me unió en caravana un Jaramillo alentado y un cielo azul monótono. Y así fue como en medio de la superficialidad y contra el reloj me resigné a que le acariciaría banalmente a Barcelona.

Me vi desorientada, mil cosas por hacer, solo tres días, por donde empezaba, debía tener un plan muy eficiente, no había plan, las guías de viajes decían: Park Guell, La Sagrada familia, El Camp Nou, El barrio gótico, Barceloneta, La Rambla, Museo de Picasso.

Pero como si se tratara de un juego, mi alter ego gritó: ¡tiempo!: "Querida y apreciada corredora de maratones, ¿de verdad has atravesado el Atlántico, te has alejado de Ana, has logrado una cara de no muy buenos amigos en tu jefe, para seguir en la misma?". Así fue como acepté la primera cosa de esos días: "No iba a visitar todo lo grandioso que quisiera visitar, iba a ir despacio, no habría ni un solo remordimiento y cada cosa que llegara pues así sería perfecta".

Parque Guell.
Un primer día logístico más que otra cosa. Las recomendaciones de Paula decían: "No llevar ropa de invierno, cuando llegues a Barcelona, ve al Decathlon y compra un cortavientos impermeable, un saco delgado y un bolsito de esos de 3 euros para llevar a todos lado". Checked. Este primer envión fue además de lo más bien equipado. Partiendo desde Rosellón, Paseo de Gracia como mejor opción me ponía en el camino a la Casa Milá, a la manzanda de la discordia en donde entre otras se encuentra la Casa Batlló también de Gaudí, la Plaza de Cataluña y todas las jodidas tiendas de ropa, en las que pues obvio, caí.

Varias cosas sucedieron, lo primero que se vino a bajo fue mi idea de que iba a sufrir por agua, por lo menos en Barcelona, encontré grifos cada ciertas cuadras, lo mismo pasó en Roma, tal vez sea cara en las tiendas (al hacer la conversión), pero en estas llaves está a una mano. Lo segundo que sucedió, fue que me entregué a la seducción. Cuando me planteé la idea de un euro-trip, el país que menos consideré fue España. Debe ser por esa idea de colonizadores, crueles, exterminadores de nativos que como izquierdosa que soy había interiorizado. La madre patria no me hacía ninguna gracia. Era un simple paso obligado por conveniencia de inmigración y tarifas. Pero hay que visitarla y entonces retomar el tema.

Bicis <3.
Lograda la logística, me apunté al Parque Güell. Tenía boleta para las 17:00, la última entrada del día. Cuando me bajé del bus, giré a la derecha, a la izquierda, subí, otra vez subí, caminé cinco minutos, después ocho, tal como me lo iba indicando la gente. En una de esas me encontré unas escaleras eléctricas, como las de San Javier, fue un respiro para la trotada que me estaba pegando loma arriba hacia el monte Carmelo. Me perdí, llegué tarde.

Puerta de la fachada de la navidad. La Sagrada Familia.
El poco tiempo que tuve fue suficiente. No soy conocedora de arte, mi sensibilidad la tengo en los jarretes, poco leí de Gaudí y voy a confesar que lo que me conectó con el lugar fue Vicky Cristina Barcelona. Descubrí en las escalinatas, mi lugar favorito del parque. Tenía tres fuentes alineadas de arriba a abjo, al final la del dragón en donde Vicky se encontró con Juan Antonio, me reí sola de pensar en las bobadas que me conmueven. Más allá de mi falta de ojo para el arte, de no saber identificar las particularidades del modernismo, el lugar tiene un encanto del que no está mal ser testigos al menos una de las veces que se vaya a Barcelona.

El sol es el mejor pintor. Gaudí.
Con unas dos perdidas de por medio volví al apartamento de Alex, a tiempo para cumplirle la cita a las tapas. Fuimos a algún restaurante, en donde la madre patria me entró suavecito por la boca. Lo que comimos: gambas, gazpacho, patatas bravas, paella, jamón y pan con aceite de oliva y tomate.

Apagué la luz, el plan estaba rodando.

Una de las visitas obligadas que más disfruté fue La Sagrada Familia. Verán, lo mío es la nueva era, los chacras alineados, el yoga, la meditación, los ángeles y la manía de caer en tentación cada que puedo. No soy católica. Pero no hay que serlo para querer relacionarse de manera íntima con La Sagrada Familia. Es una visita que repetiría. Un lugar en donde nada es accidental o al azar, cada esquina, doblez, ángulo, espacio, relieve, ingreso de la luz, fueron meticulosamente calculados. Los símbolos y los detalles obnubilan. Tenés que ir. De esa visita salí motivada. Así es que me di la tarde libre.

Barceloneta.
Fui a la primera estación del metro que encontré, lo único que quería era prolongar en mí la enormidad con la que había sido poseída, y luego de dos miradas en el mapa, lo tenía, touché, que mejor que... el mar, el Mediterráneo.

Apenas había llegado, pero también me estaba despidiendo. Era sábado en la tarde, el azúl del cielo apenas se distinguía del oscuro del mar, por lo que parecía un juego de nubes bajas. Mi cabello se lo había cedido al viento quien lo acomodó a su voluntad. En ese momento, yo no era "más que un animal humano caminando en la superficie de un planeta de la galaxia"*. Palpaba una levedad deseable. Una que me permitía improvisar cada nuevo paso. La que no admite objeciones, se manda sola y obvia los consensos. La que ésta vez, me ancló en la arena.

Barrio gótico.
Recogí esa levedad y la traje conmigo. La llevé a pavonearse entre las callesitas del barrio gótico y los colores de la Rambla, sorteamos las terrazas que prometían paella, vino y una tapa por doce Euros y al final, caímos una vez más en Paseo de Gracia. Por última vez en el bulevar.

De vuelta en Rosellón, la hoja de ruta señalaba Girona. Pero ese día recibí un mensaje del que eché mano como agradeciendo que pusieran a prueba mi resistencia a la tentación. A primera hora el domingo, estaba tomando el tren para Tarragona.

—Y cuéntame... ¿qué crímenes tienes planeado cometer en Barcelona?.
Me dice Alex.
BNA-P. GRA - TARRAGONA
































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