Luciérnagas
¿Recuerdas nuestra primera vez con las luciérnagas?, ¿la de las dos?
En ese campo abierto que rodeábamos todos los martes cuando caía la tarde.
Y que vos atravesabas como si fueras mi versión pequeña, es decir,
una niña de vereda de esas que hablan duro, brincan y gritan.
Eran los mejores minutos de la semana y del día,
minutos que compensaban el madrugón que sorteábamos también los martes.
Esos meses que terminamos queriendo con el tiempo,
a la fuerza y a punta de preguntas y respuestas.
Y en los que al final hasta nos enamoramos.
Ese día hablábamos de algún tema, de grandes, como siempre hacíamos vos y yo.
Luego notamos cómo además del viento frío de mayo,
nos sacó de la conversación el destello alternado sobre el verde oscuro a nuestra derecha.
Las primeras luces estaban distantes y se confundían con las de las casas.
Pero luego, cuando la duda nos asaltó y ajustamos nuestra visión a la
oscuridad que ya nos alcanzaba, lo confirmamos, ¡eran luciérnagas!.
Se encendían y apagaban en lo que nos era un ritual desconocido.
Danzaban para nosotras como celebrando la intromisión y nuestras caras pasmadas.
Era como un baile, como un coqueteo entre ellas, la hierba y el rocío,
como una invitación a que nos aliáramos, la noche, el frío, ellas, vos y yo.
Tu empezaste a contarlas y perdiste la cuenta, eran decenas.
Luego pasó lo inesperado, estaban casi sobre nosotras
y pudimos ver que traían luces más verdes que amarillas.
Guardé para siempre tus ojos encharcados,
y la mirada de ternura y gratitud que traías,
una de esas que salen del alma cuando se recibe un regalo anhelado.
Mientras mirabas una luciérnaga a centímetros de ti, me decías,
al fin conozco una, mamá, y no son como las había pintado.
En ese campo abierto que rodeábamos todos los martes cuando caía la tarde.
Y que vos atravesabas como si fueras mi versión pequeña, es decir,
una niña de vereda de esas que hablan duro, brincan y gritan.
Eran los mejores minutos de la semana y del día,
minutos que compensaban el madrugón que sorteábamos también los martes.
Esos meses que terminamos queriendo con el tiempo,
a la fuerza y a punta de preguntas y respuestas.
Y en los que al final hasta nos enamoramos.
Ese día hablábamos de algún tema, de grandes, como siempre hacíamos vos y yo.
Luego notamos cómo además del viento frío de mayo,
nos sacó de la conversación el destello alternado sobre el verde oscuro a nuestra derecha.
Las primeras luces estaban distantes y se confundían con las de las casas.
Pero luego, cuando la duda nos asaltó y ajustamos nuestra visión a la
oscuridad que ya nos alcanzaba, lo confirmamos, ¡eran luciérnagas!.
Se encendían y apagaban en lo que nos era un ritual desconocido.
Danzaban para nosotras como celebrando la intromisión y nuestras caras pasmadas.
Era como un baile, como un coqueteo entre ellas, la hierba y el rocío,
como una invitación a que nos aliáramos, la noche, el frío, ellas, vos y yo.
Tu empezaste a contarlas y perdiste la cuenta, eran decenas.
Luego pasó lo inesperado, estaban casi sobre nosotras
y pudimos ver que traían luces más verdes que amarillas.
Guardé para siempre tus ojos encharcados,
y la mirada de ternura y gratitud que traías,
una de esas que salen del alma cuando se recibe un regalo anhelado.
Mientras mirabas una luciérnaga a centímetros de ti, me decías,
al fin conozco una, mamá, y no son como las había pintado.
![]() |
| Santa Elena, otro de esos verdes mágicos, como el de las Luciérnagas. |

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