La casa

En la primera parte de la noche, los habitantes de la casa se dividen en dos bandos. 
Por un lado, la pequeña duerme en la cama que comparte con su madre. De forma longitudinal o transversal yace sobre cobijas y almohadas. Unos ojos amarillos le observan y le acompañan en el proceso de conciliar el sueño. Se podría decir que es preciso esa mirada la que hace sucumbir a la niña.
Por otro lado, la madre insiste en exprimir las últimas horas del día en su escritorio, en la sala, a unos cuantos metros de la niña. Fingiendo que trabaja, buscando respuestas a las preguntas que le taladran o simplemente enredando la noche mientras se llegan las 22 o las 23 horas, dependiendo del día. A su lado y como si la idea fuera vivir de dos en dos, equitativamente acompañados y habitados, está Menta. El otro habitante de la casa que en contraste a Lara, pero con la misma fidelidad de ella al bando asignado, acompaña a la madre.





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