De la soledad y otras cosas que no comprendo

Dai. 

5° C de soledad en Buenos Aires.
Cuanta ilusión me hace este intercambio epistolar, siempre había tenido la fantasía de un(a) compañerx en la distancia que trae a mis días ordinarios el olor de las aromáticas, los colores indecibles que recién se descubren en el cielo, los ojos de la mujer cuya mirada no pudo sostener; y entonces burlar así las distancias y el tiempo a través de una carta que con manos temblorosas de ansia leería. Tengo que confesarte sin embargo, que toda esta ilusión no fue suficiente para que las palabras se alistaran en el frenesí reprimido para tal fin. Los temas en el tintero se peleaban por desembocar en mis dedos y luego de un corto diálogo con cada uno, me aventuré a escribirte sobre la soledad. La soledad como la mejor opción cuando lo que necesito es escucharme, pero también como el contraste del otro en mi vida y la posibilidad de amar al que me acompaña cuando me acompaña.

La RAE dice que la soledad es la carencia voluntaria de compañía, pero también que es pesar y melancolía que se sienten por la ausencia o pérdida de alguien. Las dos caras de una misma moneda. Y tiene sentido, a menudo nos jactamos y lamentamos al tiempo de la soledad. O nos jactamos pero en el fondo sabemos que por lo menos, no queremos envejecer solos.

San Telmo.
Yo por ejemplo, a veces quiero dormir sola, comer sola, mirar hacia la montaña tras mi casa sola, a veces también quiero estar afuera sola, caminar, llevar mis pies uno tras otros en una danza que solo yo noto y desde mi soledad y el dialogo interno que no cesa, nunca cesa, sonreír, reparar, suponer y a veces pescar des-soledades. Me pasó la última vez que salí en busca de un café y un libro a Exlibris, me encontré con un amigo cuya compañía el resto de la noche fue superior a la soledad con la que me pavoneaba.

La primera vez que decididamente hice algo sola, fue en el 2013. Ese año me estaba reponiendo de un doble duelo; había terminado con el papá de mi hija y la relación inmediatamente siguiente que emprendí resultó ser la oportunidad de cosechar todo el mal karma que había sembrado en mi vida.

Llegué a Buenos Aires (Argentina) un sábado de otoño a las 6 de la mañana y por un doble accidente entre un aeropuerto y otro, me hallaba en el Ezeiza sin pesos ni dólares y con la única tarjeta de crédito que traía conmigo, bloqueada. Nadie esperaba con mi nombre impreso en un cartel y en aquella ciudad no se me ocurría a quien llamar en caso tal de que me animara a pedir una llamada gratis. Entré en pánico. Eché de menos esa especie de cross-checking (el de los aviones) que se da naturalmente cuando viajamos con otro, cuando vivimos con otro, cuando miramos al otro, la validación cruzada de la cotidianidad en compañía.

A mi me gusta, en teoría, la vida de a dos, o de a tres, o de a más. Y en la práctica, también me gusta la vida de a uno. Una habitación propia para ir en busca del Yo soy, de la elaboración del Uno mismo.
Una habitación propia en Córdoba.

¿Leíste esta frase alguna vez?: ''y cuando en las mañanas nadie te despierta, y cuando en las noches nadie te espera y cuando puedes hacer lo que quieras. ¿Cómo le llamas a eso, libertad o soledad?'' y entonces pienso que son las dos y que las dos están bien, que no son lo uno o lo otro, que son lo uno y lo otro. Ser libre para en la soledad preguntarme a mi y a nadie más "¿qué quiero hacer?", "¿a dónde quiero ir?", "¿por cuánto tiempo?". Y luego entonces y gracias a la soledad, el contraste. Como el blanco y el negro, las presencias en mi vida, la tuya, la de mi hija, la de los amantes, la de las manos y las voces y los rostros y las almas que cerquita se acarician, se escuchan, se miran y se sienten mejor.

"Los humanos somos una especie exquisitamente social: prosperamos al tener buena compañía y sufrimos en aislamiento. Más que cualquier otra cosa, nuestras relaciones íntimas —o su falta— moldean y definen nuestras vidas."*. Eso publicó alguien en el New York Times, y yo estoy de acuerdo parcialmente, y sobre todo en la parte de nuestra exquisitez social. A mi por ejemplo el otro me activa, me saca del contexto finito al que inevitablemente pertenezco, me refleja, me da pistas, coordenadas y es conmigo. Yo soy decididamente social.

La soledad simplemente está ahí, en una suerte de menú. ¿Te ha pasado que el cuerpo te pide carne o verduras o frutas o dulce o sal?. A mi me pasa y me pasa parecido con la soledad, a veces la mente y el espíritu la aclaman a gritos y en otras me resulta empalagosa y hostigante.

La soledad de tu tiempo y el mío - Córdoba.
Es como si la soledad se ondeara con sobrades y en otras ocasiones se padeciera como condena, intrínseca a los extremos, al drama del todo o el nada y no una simple opción. 
Autor desconocido.

“El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”.

“Porque la soledad le había seleccionado los recuerdos, y había incinerado los entorpecedores montones de basura nostálgica que la vida había acumulado en su corazón, y había purificado, magnificado y eternizado los otros, los más amargos”.

Cien años de soledad - Gabriel García Marquez

María.

*NYT: https://www.nytimes.com/es/2017/07/04/si-es-culpa-de-tus-padres/?smid=fb-espanol&smtyp=cur

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