Nimbostratos en el pelo

Los días posteriores a nuestro viaje se la pasó sobre el cojín negro de debajo de la mesa. Tenía los ojos perdidos, hundidos de desencanto. A diferencia de Barrabás, ella no llegó por vía marítima, en cambio lo hizo algo así como traída por la cigüeña y por tierra firme. Apareció un día de mitad de año en nuestra puerta, con sus cuatro patas bien plantadas, la fuerza juvenil en la mandíbula y la cola que se le quería desprender cuando alguno de sus humanos le hacía atenciones, sin poder adivinar que de la misma manera se iría. Abandonada sobre el cojín esa tarde de diciembre, me pareció que su pena me contagiaba, vi en ella mi propia nostalgia del libre albedrío puesto a prueba que ahora se coartaba en los deberes. Su visita resultó ser concisa, y como la mayoría de las cosas que se disipan en la inercia de la vida ordinaria, que no por ordinaria es menos vida, al corto tiempo nos acostumbramos de nuevo a que ya no estuviera. Es así como con los meses, de ella no volví a saber, ni de los gritos hoscos siguientes a su partida que me sacudieron la modorra.


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