Allora
El parque Villa Borghese atiborró a Julia a punta de Caravaggios y horizontes de Roma pintados por el bien recibido sol de octubre. A estas alturas su enmarañado cabello ya tenía voluntad propia y se sincronizaba con las hojas liberadas por los árboles y las embestidas del viento. La plenitud le brotaba desde el vientre, le empujaba los órganos vitales y se abría paso hasta su rostro.
—¡¿Disculpa?!
—¿Sí? —desaceleró Julia volviéndose para encontrarse de frente con una mujer de aspecto desarreglado. Su cabello entre rojo y castaño estaba recogido en una coleta mal hecha. Vestía tenis y jeans negros; una chaqueta de cuero y una mochila café a la espalda. Frenó tan en seco, que la mujer estaba a centímetros de ella. Ahora sabía que tenía ojos castaño oscuro, los cuales la increparon y sacaron de su despedida perfecta de Roma.
—¿Sabes cómo puedo salir del parque?
—Según mi mapa, esta calle nos lleva a la Piazza del Popolo.
—¿Puedo ir contigo?
Julia abrió sus propios ojos y alzó sus cejas —aunque solo para sus adentros—. Ahora, los ojos que la increpaban, también la aspiraban de golpe, sintió claustrofobia, buscó la salida con las manos, los pies, pero solo pudo hundirse más.
—No veo inconveniente.
Mientras descendían las escaleras que hallaron como atajo para ir hacia la plaza, Julia no dijo una sola palabra, era como si siguiera forcejeando con la idea de escapar de entre los ojos de su interlocutora, que de suerte resultó ser una fluida conversadora quien bien podía hacerlo sola.
Fueron sobre la Vía del Corso descubriendo tiendas de ropa y desviándose ocasionalmente en busca de un lugar para detenerse, fue solo en Sant Eustachio en donde lograron sentarse un rato, antes de ir en dirección al Panteón y visitar los restos de Rafael. A estas alturas, el sol se había ido junto con la resistencia de Julia, quien ya se acomodaba con gusto en los ojos de su acompañante.
La Plaza Novona era la clausura perfecta para estos días romanos. Melodías a varios violines; el agua que fluía desde y hacia las fontanas; la plaza iluminada solo por lánguidas lámparas; los grupos de personas sentados en las bancas como expectantes de su desfile triunfal; ese era el lugar de trabajo de caricaturistas y pintores. En especial una escena la embelesó. Con lápiz, una anciana que podría ser su abuela, retrataba el rostro de una niña delgada que tenía cara de llevar varios minutos ahí sentada sin saber qué hacer con sus labios y sus ojos. La gracia de la anciana en cada trazo, se le acomodó en la inverosimilitud del momento. Empezó a replantearse el resto de su viaje y la posibilidad de prolongar la compañía de su improvisada profesora de Italiano.
—Allora es como un salvavidas para los italianos, ¡lo lanzan unas dos veces en cada frase!.
La Plaza Novona era la clausura perfecta para estos días romanos. Melodías a varios violines; el agua que fluía desde y hacia las fontanas; la plaza iluminada solo por lánguidas lámparas; los grupos de personas sentados en las bancas como expectantes de su desfile triunfal; ese era el lugar de trabajo de caricaturistas y pintores. En especial una escena la embelesó. Con lápiz, una anciana que podría ser su abuela, retrataba el rostro de una niña delgada que tenía cara de llevar varios minutos ahí sentada sin saber qué hacer con sus labios y sus ojos. La gracia de la anciana en cada trazo, se le acomodó en la inverosimilitud del momento. Empezó a replantearse el resto de su viaje y la posibilidad de prolongar la compañía de su improvisada profesora de Italiano.
—Allora es como un salvavidas para los italianos, ¡lo lanzan unas dos veces en cada frase!.
Dejaron este lado del Tíber para sobre el puente Garibaldi llegar a Trastevere y perderse entre las opciones visuales y culinarias que les ofreció el lugar. El turno gastronómico ésta vez fue para el Spaghetti ai frutti di mare en donde Julia solo pudo ver un recipiente exagerado, repleto de ostras gigantes que parecían de nunca acabar, con algo de pasta en el fondo, sutilmente picante. Su apetito agonizaba igual que su día.
Hostigadas por el frío, cerca de las veintitrés, caminaron hasta la Plaza Venecia en donde cada una tomaría su ruta.
—Podríamos vernos de nuevo mañana. —dijo Natalie mientras estrujaba la voluntad de Julia.
—¡Seguro!, Florencia puede esperar, nos vemos mañana.
—¿A las 11 horas, en la estación Berberini?
—¡Prego! —dijo al tiempo que se daba vuelta.Ejercicio Literautas.



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