Memorias del río Claro

Ese chasquido sabroso que íbamos dejando al pasar sobre las hojas, nos marcaba un ritmo que se modificaba de vez en cuando gracias a un brazo de árbol atravesado o una telaraña lo suficientemente visible como para apartarla del camino con las manos y no con el rostro. De la montaña brotaban ocasionalmente casitas de madera y paja que despedían un "¡Buenos días!", "¿Cómo le va don Héctor?", "¡Cómo está de grande su hija!", o en ocasiones el llanto de algún bebé hambriento o exasperado por el calor. En esa fila india atravesábamos la porción de montaña que divide Jerusalén de Río Claro (La vereda), un límite no solo veredal, sino también municipal, la primera, jurisdicción de Sonsón y la segunda de San Francisco. Tenía yo menos de once años la última vez que hice esa travesía que duraba a buen paso treinta minutos.

La salida en Río Claro era a la altura de unas canteras de piedras, desde donde olla y mercado en mano por la autopista Medellín-Bogotá y arrullados por el zumbido indiferente de los carros, nos dirigíamos al camping del río. Lugar de peregrinación asegurado por los lugareños en los veinticincos de diciembre y primeros de enero. Era común en estas fechas de temporada alta ver carros y carpas de gente de por allá de Medellín o de Bogotá que fácilmente se reconocían por su extraño hábito de meterse al río con vestido de baño y zapatos.

Siguiendo por la autopista y frente a Villasofía* estaba el ingreso al camping. Un camino destapado lo conducía y lo dejaba a uno instalado mas o menos cien metros adentro. La zona amplia para acampar, rodeada por la continuidad del camino, estaba verde o de un arco iris psicodélico por las carpas instaladas, dependiendo de la temporada del año. Lo usual era cruzar por la manga y entonces finalmente llegar al kiosko, donde se vendía el mecato, y estaba la pista para bailar entre una y otra zambullida en el río. Al fondo y como puesto por los dioses, estaba el majestuoso río Claro. La vegetación exuberante lo rodeaba en el otro costado, que se tornaba en ocasiones difuso por el humo que despedían los fogones de leña improvisados para el sancocho.

De ese tiempo no tengo ni una foto, tal vez sea esa una de las razones para querer retratarlo en estas letras como quien acaricia una foto para sacudir el polvo que acumuló por años.

Polvo en forma de toda una suerte de anécdotas al rededor de él, como el día en que una tía casi me deja ahogar a mis dos años y lo cual se menciona en casa con frecuencia; las corrientes impredecibles que tragaban personas incautas a dos manos; los bailes en el kiosko salpicados por las porciones de río que los adultos se llevaban en la ropa; o la filmación en el 95 de la novela El Manantial de Producciones JES, transmitida por el Canal A.

En el 98 la guerra llegó a su cumbre en la región. Jerusalén quedaba justo en la frontera de los territorios colonizados, yo nunca tuve claro si al final pertenecía a uno u al otro bando. Mis papás como muchas personas de la región salieron con el rabo entre las patas para Medellín. 

Del río no volví a saber mucho, hasta que enviado desde el cielo y como iluminado por los ángeles, papá Uribe llegó para abrirnos de nuevo los caminos hacia Jerusalén, o mas bien a Las Mercedes, porque en Jerusalén nunca más vivimos, lo que no nos permitió regresar del todo al río, por lo menos a pie, ya no era práctico.

Una vez decidimos por fin darnos una pasada por el camping y me enteré de que ya para entrar había que pagar, que el río no era más de los lugareños y que ahora tenía dueño, un señor Juan Guillermo Garcés se había hecho a la mayoría de los predios y había montado toda una suerte de actividades eco-turísticas al rededor de la mística del río. 

Sentí nostalgia y el orgullo de a quién han dejado por otro. No me dolía el precio, me dolía el cambio. Me di cuenta que ese río ya no era mío, me incomodaba la multitud que ahora lo manoseaba y al menos por los próximos días no quería volver a verlo. 

Pasaron muchos años, hasta que empezando este 2017, recibí el regalo de reyes magos por adelantado, la invitación de mis hermanos a un nuevo tramo que habían descubierto aguas abajo del camping, perros bravos. Cuando llegué a la entrada, me pasó eso que dicen le pasa a la gente antes de morirse, varios cuadros por milésimas de segundo atravesaron mi cabeza en lo que experimenté como un dejavú. Un camino destapado que atravesaba una gran manga verde al final de lo cual estaba el río cuya rivera opuesta colonizada por vegetación exuberante en ocasiones se hacía difusa por el humo de los fogones de leña improvisados para el sancocho. Hasta el kiosko para mecatear y bailar estaba allí. En una forma igual a la que lo conocí de niña, el río volvió a mí para hacerme entender que este cambio tal vez no era tan malo. Me reconcilié con él en lo que fue uno de los mejores inicios de año que haya tenido.

Hechas las paces y con más objetividad, estuve averiguando entonces sobre el tal Juan Garcés que se había quedado con lo que algún día sentí tan mío, y encontré una entrevista en El Espectador**. Valoré muchísimo el esfuerzo de este señor que en la coyuntura de la guerra y en el boom de la ganadería en el Magdalena Medio en los noventas, se la jugó por una reserva que en el momento no le generaba ganancias, pero que le permitió abrir el camino hacia la protección de 450 hectáreas de bosque y río. Entiendo y agradezco lo que representa para la economía de la región la Reserva Natural Cañón del Río Claro y que don Juan Garcés haya tenido una visión superior a mi obtusa creencia de que el río nos pertenecía a unos pocos. Me alegra saber que si al menos la mitad de toda la maravilla que se redacta en la entrevista es cierta, mi amado está lo suficientemente consentido, querido y cuidado como lo hubiese preferido hacer yo. 

Ahora que nos reconciliamos, quiero volver al tramo del camping, ir a la salida de la cueva de los guacharos, apuntarme a cuanta actividad hay en la reserva, quedarme a acampar u hospedarme en alguna de las mágicas cabañas que ofrece el complejo. Volver a abrazar el río, perderme en él para sellar por fin la reconciliación como quién con los años aprendió a amar, soltar y agradecer.


Fuente:
  • Mi papá
  • Mis memorias
  • El Espectador
* Villasofía era una especie de hostería con piscina y toda la pompa para tomar días de sol, una auténtica novedad, lo que hacía una completa burguesada entrar allá. 
** Entrevista al señor Juan Guillermo Garcés http://www.elespectador.com/noticias/nacional/busca-del-rio-claro-articulo-461517

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