Madres mías
Ahora entra a casa abuela, tu y mis otras madres, las que habéis concebido para que esté yo frente a vosotras, mi madre india, mi madre negra, mi madre blanca.
Entra, acomódate en el sillón y al fin conversemos largo y tendido. Miremos el jardín que hemos osado plantar, el encuentro con la tierra y la vida que de ella brota y que vosotras habéis sembrado en mi segundo chacra, en mi chacra de la creatividad y la reproducción. Siéntense todas juntas: Jacinta, Mariela, Julia, Mariana, Ercilia, Vicenta, todas vosotras y vuestras propias madres. Hay espacio de sobra para que nos miremos y contemos esas historias machacadas por le tiempo y por los hombres... las que casi hemos olvidado.
Aquí está la savia que me distéis a sembrar abuela, y la palma que nunca será como las que cultivasteis y nos saciaban sin mezquindad, acá está el ají y el anturio, el bastón de San José que regabais querida madre. Ya lo recuerdo en Jerusalén, el aire cargado de polvo que más de un par de pulmones estropeó. Hogar de las gallinitas del tamaño de la uña más pequeña de Ana, que atrapé una y otra vez, las negritas de anchas alas en proporción. Aquí lo he traído para que me lleve de vez en cuando a esas tardes calurosas interrumpidas por las piedras rotas bajo las tractomulas. Nunca una de ellas dio en el blanco.
Aquí yacen pues mis manos y también mis ojos y mi corazón, ese que vosotras habéis cuidado tanto y guiado tan bien hasta hoy. Contadme qué tan felices habéis sido, si he de continuar vuestro camino o si ya es tiempo de que olvidemos el norte y estropeemos la brújula, de que me deje perder en el devenir por el devenir, de que plante según la tierra que ahora yace bajo mis pies y no la vuestra. ¿He de acompañar la palma y el bastón de San José con la aphelandra y la alocacia que me hacen especial ilusión?
Pero tengo miedo, no quiero la verdadera soledad, soltar las lianas que nos unen y que caiga yo irremediablemente, no quiero una distancia ahondada entre vosotras y mi propio ser. Tal vez lo que quiero decir es que vengáis conmigo, que traigamos las semillas que habéis germinado y me enseñéis a germinar las propias mías, que me heredéis vuestras técnicas, el manual de fases lunares, los tiempos mejores para untarnos de tierra la piel y traerla a los otros días. Que leamos juntas cuando florezca la gerbera roja y me arranquen el pánico de la primavera rosada marchita.
Venid conmigo y enseñadme a sanar mis entuertos y las sacudidas inevitables del alma que han acortado su periodo de retorno. A macerar las hojas que volverán el pulso a su lugar y le darán color a esta piel que ahora no sé si es blanca o amarilla. Contadme los secretos que habéis olvidado entre un nacimiento y otro y que acumulasteis tan profundamente. Ay madres si pudiera yo asistir las angustias que forjaron dichos secretos. ¿Y si os contara los propios míos? Tal vez entonces se hablen entre ellos.
Esperadme pues vosotras aquí, tomaremos aguapanela con café y hablaremos de ello.



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